Rafael Edwards

El Sol Diminuto / The Tiny Sun

El sol diminuto.

Las chispas encendían la noche, un pequeño pedazo de noche. El golpe de piedra contra metal mantenía el mismo ritmo, un ritmo de fe: uno más, uno más. Las chispas saltaban en todas direcciones y morían un instante antes del nuevo golpe. Hasta que una de ellas, diminuta se posó sobre la yesca y se quedó ahí, un sol diminuto, un pequeño meteorito que, acabando de impactar en un mundo lejano, se detenía un instante y luego comenzaba a tomar posesión de su nueva vida, encendiendo de brasas los prados secos, hasta que todo el campo estalló en una gran llama azul amarilla.

En ese momento supe que la noche de los tiempos, el gran desamparo había por fin terminado. Un pequeño Dios había llegado a vivir entre nosotros.

 

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The tiny sun.

 

Sparks lit the night, a small piece of night. The blow of stone against metal kept the same rhythm, a rhythm of faith: one more, one more. The sparks jumped in all directions and died an instant before the next strike. Until one of them, tiny, landed on the tinder and stayed there, a tiny sun, a small meteorite that, having just hit a distant world, stopped for an instant and then began to take possession of its new life, lighting the dry meadows with embers, until the whole field burst into a great blue-yellow flame.

At that moment I knew that the night of the ages, the great forlornness was finally over. A little God had come to live among us.

Aguas de los Mil Colores / Waters of the Thousand Colors

Aguas de los Mil Colores

Esta es una historia sobre mi padre. O, mejor dicho, sobre mi relación con mi padre. O quizá sería más exacto decir, sobre mi no-relación con mi padre.

1.

Mi padre, a quien todos llamábamos Pepe, era un ser humano especial. Trabajaba como arquitecto, sin mucha vocación, tenía amigos con quienes debatía hasta altas horas de la noche, caminando en círculos para pensar mejor.

Su pasión era hacerse preguntas, del tipo “quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos” y otras variantes. Estas preguntas él las volcaba al papel, digitándolas ruidosamente en su vieja Olivetti, hasta que el cansancio lo vencía, y yo que tenía un insomnio mas resistente que el suyo, lo levantaba de su sueño tipográfico y lo ayudaba a acostarse, a las altas horas de la noche.

Murió de un infarto antes de cumplir 60 años, cuando yo tenía apenas 20.

Nunca publicó su obra literaria. Algunos amigos junto a mi madre hicieron una pequeña publicación post-mortem de algunos de sus cuentos. Me pidieron que hiciera las ilustraciones, cosa que hice en mi soberbia post-adolescente en un par de semanas.

Siempre lamenté no haberlo tenido cerca de adulto, conocernos, hablar de verdad como padre e hijo, como amigos.

Con el pasar del tiempo, Pepe aparecía frecuentemente en mis sueños. En ellos, él siempre muy vivo, me decía que su muerte era un malentendido, y que él estaba viajando por distintos lugares. Al despertar yo siempre tenía la certeza de que él estaba vivo en algún lugar, desgraciadamente fuera de mi alcance.

Sus escritos quedaron en varias cajas de cartón, repartidos en portafolios, carpetas y bolsas de papel, sin un orden aparente. Varios entusiastas de la literatura buscaron estos escritos con el fin de publicarlos, pero nunca se concretó nada.

Pasaron 40 años. Yo tenía la misma edad de Pepe cuando murió. Estaba tomando yo un café con Simón, el hijo de un amigo, para ver unos temas de páginas web. Al final le pregunté en qué estaba, y me dijo que intentando rescatar escritos de autores no conocidos. Le comenté lo de las cajas de cartón, y en un par de días teníamos todo el trabajo de Pepe repartido en el piso de mi departamento, intentando ordenar, clasificar, entender. Había de todo: obras de teatro, diarios de vida, cuentos, ensayos filosóficos, notas sobre mitología.  Simón y su socio editor juntaron en una de las cajas todo lo que no estaba repetido y se lo llevaron para una revisión más a fondo. Me llamó a los 3 días y me dijo: “no vamos a publicar los cuentos de tu padre”… y agregó: “vamos a publicar todo, y con tus ilustraciones”.  Se presentó el proyecto a los fondos de cultura y salió elegido, con lo que teníamos proyecto y compromiso por lo menos para un año.

Ese año que siguió estuve conversando con Pepe prácticamente todos los días. Él hablaba y yo preguntaba, y luego volvía a preguntar varias veces porque no es lo mismo leer un texto que leer un texto que tienes que traducir a imágenes. Cincuenta y seis de ellas para ser exacto. Esta vez no tomé dos semanas sino un año entero. Conversamos todo lo que no habíamos hablado antes. Yo exploraba su mundo, nos reímos mucho y lloramos no pocas veces. La palabra reconciliación queda corta para describir lo que vivimos en ese año, Pepe y yo.

  1.  

El lanzamiento oficial de los tres libros de Pepe tuvo lugar en un salón de la Biblioteca Nacional. Había allí amigos, familia y algunas otras almas afines. Luego de un cuento actuado, gracias a la buena disposición y talento de mi amigo Isaac, Simón y yo presentamos el libro, un poco nerviosos pero también felices de haber llevado a puerto esta larga travesía. Luego como es de costumbre, un coctel con vinito y bocadillos y pasearnos saludando a los amigos y familiares.

En esto estaba cuando me encontré con un grupo de primos a quienes no veía hacía varias décadas. Y me sorprendí positivamente al encontrar entre ellos a Rafa, un primo con quien habíamos compartido, aparte del nombre, algunas aventuras de niñez. Aventuras importantes, al menos una de ellas: Rafa me había salvado la vida.

Y lo comenté, quizá de un modo un poco melodramático porque lo solemne estaba muy lejos del momento. Dije: “Saben ustedes que, a no ser por esta persona que tengo al lado (señalando a mi primo), ninguno de nosotros estaría hoy en este lugar, de hecho, yo no estaría siquiera en este mundo… porque fue esta persona, este primo quien me salvó la vida”.

Rafa me miró como extrañado, como si yo estuviera gastando alguna broma. Yo lo miré de vuelta, más extrañado aún de que no se acordara de haber hecho esta acción tan trascendental.  Me dijo: “no tengo idea de qué estás hablando”. Entonces tuve que recordarle la historia.

“Tenía yo 12 años y estaba pasando unas semanas de verano donde mis tíos. Era un pueblito de montaña donde nuestras actividades fluctuaban entre nadar y cabalgar por los cerros. Ese día era nadar, o más bien lanzarnos al agua desde una soga en la que nos columpiábamos. En un momento todos se fueron a almorzar y me quedé solo, fascinado con el juego de la soga y el agua. Hasta que en un momento la soga se cortó y caí golpeándome fuertemente en la nuca con el borde de la piscina. Caí al agua en la parte honda, y lo que ocurrió en este momento fue algo hasta el día de hoy quedó grabado indeleblemente en mi mente.

A pesar del fuerte golpe no sentí ningún dolor. Sólo sentía columnas de burbujas que subían por el agua a mi alrededor, unas figuras como esferas que cambiaban de color y forma, de una hermosura imposible de describir. Se escuchaba además un sonido, una música que nunca había oído jamás, de una belleza tal que sentí en ese momento que estaba en el cielo. El tiempo se detuvo y se hizo eterno, a la vez que toda esta belleza circulaba y bailaba alrededor mío.

Hasta que sentí un tirón en mi mano, que chocaba con toda la armonía que estaba viviendo. Era la mano de mi primo Rafael, quien me había visto desde arriba, desde la terraza donde la familia almorzaba. Mi primera reacción fue de quitarle la mano, enfurecido por haber interrumpido mi epifanía. “No! Déjame!  – le gritaba yo. Pero Rafa insistió, y me tomó de las dos manos y me sacó del agua. Recuerdo que haber pasado el resto del día sin entender nada, y con un dolor de cabeza tremendo. No hasta el día siguiente comencé a darme cuenta de lo que había sucedido, de que podría haber muerto en ese momento, en una epifanía pero muerto igual, y que mi primo sin mucho aspaviento me había salvado la vida, que continuaba después como si nada hubiera pasado”.

3.

Después del lanzamiento y del aperitivo en la biblioteca, terminamos con la familia y algunos amigos cenando y pasando un rato en la casa de mi hermana. Recuerdo haberme ido a dormir esa noche con la sensación de haber vuelto de un largo viaje, durante el cual había conocido a mi padre.

Al día siguiente, cuando abrí mi casilla de e-mail encontré un mensaje que me llamó la atención. Era de mi primo Rafa. Me llamó la atención porque por muchos años no hemos tenido contacto alguno.

Decía así (copio textualmente):

Queridísimo «re encontrado PRIMO».  Hoy me acordé de algo que tengo que contarte.

«A mi, no me debes tu vida»

Cuando transcurrían recién mis primeros cuatro años, fuimos de paseo a una playa, los paseantes eran nuestros cuatro padres y nosotros sus todavía pequeños retoños. Corría yo por la orilla de esta novedosa playa, chapoteando en el agua que me llegaba hasta las rodillas. Inocentemente caí en un pozo para mí sin fondo, sin saber nadar. Veía el sol a través de una interminable capa de agua, situación que se ponla cada vez más angustiante, hasta llegar a pensar que no iba a poder salir a flote. Después de un interminable transcurso de tiempo veo aparecer al que «yo» le debo mi vida, A TU PADRE que me salvó al igual que yo a ti.

«A mí, no me debes tu vida», se la debes a tu padre quien me salvó para salvarte.

¿Que tal?

Rafael Hevia.

 

 

Waters of the Thousand Colors

This is a story about my father. Or, rather, about my relationship with my father. Or perhaps it would be more accurate to say, about my non-relationship with my father.

1.

My father, whom we all called Pepe, was a special human being. He worked as an architect, without much vocation, he had friends with whom he debated until late at night, walking in circles to help his thinking.

His passion was to ask himself questions, such as «who are we, where do we come from, where are we going» and other variants. These questions he would put them on paper, typing them noisily on his old Olivetti, until fatigue overcame him, and I, who had a more resistant insomnia than his, would wake him up from his typographical slumber and help him to go to bed, late at night.

He died of a heart attack before his 60th birthday, when I was only 20 years old.

He never published his literary work. A couple of his of his friends and my mother did a small post-mortem publication of some of his stories. They asked me to do the illustrations, which I did in my post-adolescent haughtiness in a couple of weeks. I always regretted not having him around as an adult, getting to know him, really talking to him as father and son, as friends. As time went on, Pepe appeared frequently in my dreams. In them, always very much alive, he would tell me that his death was a misunderstanding, and that he was moving between different places. When I woke up I was always certain that he was alive somewhere, unfortunately out of my reach.

His writings were left in various cardboard boxes, spread out in portfolios, folders and paper bags, in no apparent order. Some literary enthusiasts searched for these writings with the purpose of publishing them, but nothing ever materialized.

Forty years passed. I was the same age as Pepe when he died. I was having a coffee with Simón, the son of a friend, to look at some web page issues. At the end I asked him what he was up to, and he told me that he was trying to rescue writings by unknown authors. I told him about the cardboard boxes, and in a couple of days we had all of Pepe’s work spread out on the floor of my apartment, trying to sort, classify, make sense of it. There was everything: theater plays, life diaries, short stories, philosophical essays, notes on mythology.

Simon and his publishing partner gathered in one of the boxes everything that wasn’t repeated and took it away for further review. He called me after 3 days and said: «we are not going to publish your father’s stories»… and added: «we are going to publish everything, and with your illustrations».  The project was presented to the government cultural fund and was chosen, so we all had a project and a commitment for at least a year.

That year I talked to Pepe practically every day. He would talk and I would ask, and then I would ask again several times because reading a text is not the same as reading a text that you have to translate into images. Fifty-six of them to be exact. This time I did not take two weeks but a whole year. We talked about everything we hadn’t talked about before. I explored his world, we laughed a lot and cried a few times. The word reconciliation is an understatement to describe what Pepe and I went through during that year.

  1.  

The official launch of Pepe’s three books took place in a hall of the National Library. There were friends, family and a few other like-minded souls. After an acted story, thanks to the willingness and talent of my friend Isaac, Simon and I presented the book, a little nervous but also happy to have brought this long journey to port. Then as usual, a cocktail with wine and snacks and a stroll around the place greeting friends and family.

I was in the middle of this when I met a group of cousins whom I had not seen for several decades. And I was positively surprised to find among them Rafa, a cousin with whom we had shared, apart from the name, some childhood adventures. Important adventures, at least one of them: Rafa had saved my life.

And I commented on it, perhaps a bit melodramatically because solemnity was far from the moment. I said: «You know, if it weren’t for this person next to me (pointing to my cousin), none of us would be here today, in fact, I wouldn’t even be in this world… because it was this person, this cousin who saved my life».

Rafa looked at me as if I was making a joke. I looked back at him, even more puzzled that he didn’t remember doing this momentous deed. He said, «I have no idea what you are talking about.» Then I had to remind him of the story.

«I was 12 years old and was spending a few weeks of summer at my aunt and uncle’s house. It was a small mountain town where our activities fluctuated between swimming and horseback riding in the hills. That day it was swimming, or rather throwing ourselves into the water from a rope on which we swung. At one point everyone left for lunch and I was left alone, fascinated with the game of rope and water. At one point the rope broke and I fell, hitting the back of my head hard on the edge of the pool. I fell into the water at the deep end, and what happened at that moment was something that remains indelibly engraved in my mind to this day.

In spite of the heavy blow I felt no pain. I only felt columns of bubbles rising in the water around me, figures like spheres that changed color and shape, of a beauty impossible to describe. There was also a sound, a music that I had never heard before, of such beauty that I felt at that moment that I was in heaven. Time stopped and became eternal, while all this beauty circulated and danced around me.

Until I felt a tug on my hand, which collided with all the harmony I was living.  It was the hand of my cousin Rafael, who had seen me from above, from the terrace where the family was having lunch. My first reaction was to push his hand away, enraged that he had interrupted my epiphany. «No! Let me go!  – I shouted at him. But Rafa insisted, and he grabbed both my hands and pulled me out of the water. I remember spending the rest of the day without understanding anything, and with a tremendous headache. It wasn’t until the next day that I began to realize what had happened, that I could have died at that moment, in an epiphany but dead all the same, and that my cousin had saved my life without much fuss, which continued afterwards as if nothing had happened».

3.

After the launch and snack at the library, we ended up with family and some friends having dinner and hanging out at my sister’s house. I remember going to sleep that night with the feeling of having returned from a long trip, during which I had met my father.

The next day, when I opened my e-mail inbox I found a message that caught my attention. It was from my cousin Rafa. It caught my attention because for many years we have had no contact whatsoever.

It read as follows (I copy verbatim):

Dearest «re found COUSIN».  Today I remembered something I have to tell you.

«You don’t owe me your life».

When I was just in my fourth year, we went for a walk to a beach, the walkers were our four parents and we were their still small children. I was running along the shore of this new beach, splashing in the water that reached up to my knees. I innocently fell into what to me was a bottomless pit, not knowing how to swim. I saw the sun through an endless layer of water, a situation that became more and more distressing, until I thought I would not be able to float. After an endless course of time I see him, the one «I» owe my life to appear, iT WAS YOUR FATHER who saved me so I could save you.

«As for me, you don’t owe me your life», you owe it to your father who saved me to save you.

How about that?

Rafael Hevia.

 

 

 

Aniversario / Anniversary

­Aniversario

Mi abuela despertó con dificultad esa mañana. Un fuerte resfrío la había mantenido despierta durante la noche, así es que, a pesar del sol que se filtraba por los postigos y que ya comenzaba a calentar el dormitorio, la abuela decidió permanecer en cama.

Yo estaba jugando en el patio del medio, cuando sentí su voz, pidiéndome una taza de té. Cuando se lo llevé, se incorporó en la cama, apostando las almohadas detrás de su espalda para poder sentarse con mayor comodidad, y comenzó a escobillar sus cabellos grises. De un velador al lado de la cama sacó una toalla pequeña, la untó levemente en una palangana de agua perfumada, se la pasó por la cara y el cuello y la volvió a colocar sobre el velador.

— Quiero estar bonita— me dijo. Hoy es un día especial. Fernando y yo estamos de aniversario.  Me senté a los pies de la cama, ojeando una revista en francés, mientras la abuela saboreaba su té.

— ¿Puedes abrir esos postigos, mi amor? quiero que entre luz.

Afuera todo estaba calmado. A lo lejos se sentía el rumor de la calle, y desde el fondo del jardin, el intermitente arrullo de gallinas y palomas.  Abrí las persianas y volví a sentarme en la cama, y al hacerlo me quedé inmóvil, mirando absorta la perilla de la puerta que giraba lentamente. Este movimiento fue seguido por el de la puerta misma que se abría con un leve crujido. Nadie. Yo continuaba inmóvil, con la vista fija en la perilla de la puerta que ahora volvía girando sobre sí misma a su posición original.

—Ay, no te preocupes, linda, si es Fernando que acaba de entrar. Mi amor, – dijo con suavidad- ¿quieres dejarnos un ratito solos? tenemos mucho que conversar.

Yo me levanté rápidamente, como cohibida ante esta nueva presencia en la pieza, y cuidadosamente, pegada a la muralla, llegué a la puerta y salí.   Casi instintivamente dejé la puerta entreabierta. En ese momento creo que lo hice con la intención de escuchar, pero luego me dió pudor y volví a salir al patio.   Estuve ahí por un largo rato, quizá una hora, jugando con una manguera, viendo como se formaban ríos con las grietas y desniveles entre las baldosas del piso. De tanto en tanto escuchaba la voz de mi abuela, suave, pausada, sin poder distinguir las palabras.

Después de un rato, ya casi todo el patio estaba mojado y no quedaban baldosas secas para hacer nuevos ríos. Fuí a apagar la manguera y en eso sentí que la abuela me llamaba.   Entré a su pieza muy lentamente, en puntillas, fluctuando entre el temor y la curiosidad.   La abuela estaba sentada exactamente como la dejé, con una sonrisa que mostraba sus dientes blancos y le arrugaba toda la cara.

—Acércate— me dijo.

Me fui a sentar a su lado, sin atinar a hablar. ¿Ya se fué? pregunté finalmente, con una voz que yo misma casi no oí.

—¿Sabes qué? me dijo— Fernando estaba tan cariñoso que hasta me quitó el resfrío. Mira— y respiró profundamente por la nariz. —Es un hombre muy dulce, lástima que no lo hayas conocido.   La abuela estiró su mano hacia un ropero que había al otro lado de la cama.

—Ahí—dijo—en el segundo cajón. Hay un libro con tapa de cuero….tráelo para acá.   Le pasé el libro, y de entre sus páginas sacó una vieja foto color sepia.

—Este es Fernando, tu abuelo.

En la foto estaban la abuela y el abuelo, los dos de pie, enfrente de una casa de campo, de esas que tienen una escalera que lleva a una terraza cubierta, donde está la entrada de la casa.  La abuela se veía bastante más joven que ahora. Su pelo todavía no tenía canas, y tenía puesto un vestido color oscuro.   El abuelo, delgado, un poquito más alto que la abuela, vestido con un terno formal, muy derechito y serio.

Me quedé mirando la foto por un largo rato, tratando de calzar la imagen de ese hombre menudo de nariz aguileña, con la presencia que había recién salido de la pieza. No lograba integrar las dos cosas en mi cabeza, pero seguía sin apartar los ojos de la foto. Después de un rato, sin saber más qué hacer, devolví la foto al libro, y estaba a punto de cerrarlo, cuando vi, con toda claridad que el abuelo en la foto me hacía un guiño. Miré inmediatamente a la abuela, pero ella estaba levantándose, buscando su bata, y no había visto nada. Volví a mirar la foto, y estaba igual que antes, simplemente una foto vieja, como si nada hubiera sucedido.

Cerré el libro. Salí con la abuela de la pieza y no hablé en todo el día.

Anniversary (an almost true story)

My grandmother awoke with difficulty that morning. A bad cold had kept her awake during the night, so despite the sun filtering through the shutters and already beginning to warm the bedroom, Grandma decided to stay in bed.

I was playing in the middle yard, when I heard her voice, asking for a cup of tea. When I brought it to her, she sat up in bed, propping the pillows behind her back so she could sit more comfortably, and began to brush her long gray hair. From a nightstand beside the bed she took a small towel, lightly dipped it in a basin of scented water, ran it over her face and neck, and put it back on the nightstand.

– I want to look pretty,» she said. Today is a special day. Fernando and I are celebrating our anniversary.

I sat at the foot of the bed, leafing through a French magazine, while Grandma sipped her tea.

– Can you open those shutters, my love, I want to let some light in.

Outside everything was quiet. In the distance I could hear the murmur of the street, and from the back of the garden, the intermittent cooing of chickens and pigeons.   I opened the blinds and sat back down on the bed, and as I did so I stood still, staring absorbedly at the slowly turning doorknob. This movement was followed by the door itself opening with a slight creak. No one there. I remained motionless, my eyes fixed on the door knob, which was now turning back on itself to its original position.

-Oh, don’t worry, honey, it’s Fernando who just walked in. My love, «she said softly», do you want to leave us alone for a little while, we have a lot to talk about.

I got up quickly, as if self-conscious of this new presence in the room, and carefully, sticking to the wall, I reached the door and went out.   Almost instinctively I left the door ajar. At the time I think I did it with the intention of listening, but then I felt embarrassed and went back out into the courtyard.   I was there for a long time, maybe an hour, playing with a hose, watching how rivers formed with the cracks and unevenness between the floor tiles. From time to time I heard my grandmother’s voice, soft, slow, without being able to distinguish the words.

After a while, most of the yard was wet and there were no dry tiles left to make new rivers. I went to turn off the hose and at that moment I felt grandma calling me.  I entered her room very slowly, on tiptoe, fluctuating between fear and curiosity.   Grandma was sitting exactly as I left her, with a smile that showed her white teeth and wrinkled her whole face.

-Come closer,» she said.

I went to sit next to her, unable to speak. Did he leave already? I asked finally, in a voice I almost didn’t hear myself.

-You know what, she said, Fernando was so affectionate that he even took away my cold. Look!  and she took a deep breath through her nose. -He’s a very sweet man, too bad you never met him.

Grandma stretched out her hand toward a closet on the other side of the bed.

-There, she said, in the second drawer. There’s a book with a leather cover…. bring it over here.

I handed her the book, and from between its pages she pulled out an old sepia-colored photo.

-This is Fernando, your grandfather.

In the photo were grandmother and grandfather, both standing in front of a country house, one of those with a staircase leading to a covered terrace, where the entrance to the house is.   Grandma looked much younger than she does now. Her hair was not yet gray, and she was wearing a dark-colored dress.  Grandpa, thin, a little taller than Grandma, dressed in a formal suit, very straight and serious.  I stared at the photo for a long time, trying to fit the image of that small man with the hooked nose, with the presence that had just left the room. I could not integrate the two things in my head, but I still could not take my eyes off the photo. After a while, not knowing what to do next, I put the photo back in the book, and was about to close it, when I saw, quite clearly, that the grandfather in the photo was winking at me. I immediately looked at Grandma, but she was getting up, looking for her robe, and had seen nothing. I looked at the photo again, and it was the same as before, just an old photo, as if nothing had happened.

I closed the book. I left the room with grandma and didn’t speak all day.

 

The Oracle

I arrived at the oracle at 4:30 pm. A sign at the entrance read: Hours 9 am to 5 pm. This infuriated me, even more. A truck carrying steel pipes had been blocking the road for over an hour. Now I would have just a few minutes to check. I walked as fast as I could, as the solemnity of the place and the occasion did not allow me to run. I crossed without stopping by the ruins of the temple of Jupiter on top of the hill and then, following the signage, went down some stone stairs until I reached a long corridor surrounded by high stone walls on both sides. At the end of the corridor, a large trapezoidal-shaped stone entrance marked the entrance to the enclosure. I entered without even stopping. My heart was pounding, partly from the effort, the tension sustained during several hours of travel, and partly from the anticipation that had brought me here.

The grotto led me through a central passage where every 15 or 20 meters a weak ray of sunlight fell, coming from skylights placed on the ceiling, rhythmically breaking the gloom. I did not even look at the vestal enclosures or the secondary passages. Time was pressing, I just wanted to get to the den, at the bottom of the grotto.

When I got there I was disappointed to see that there was only a small, crude niche carved into the rock, shaped like an arch with a flat surface that served as a seat.

I sat in a meditative posture, still feeling for a while the pulse in my chest and head, tinged by the cooing of pigeons nesting everywhere.

I began to quiet my mind, seeking to find in the silence the questions I had prepared. However, I could not erase from my screen the image of the truck, moving at 20 km per hour, impeding traffic. What did it cost him to pull off to the side for a few minutes and let all of us behind him pass? 

I tried to concentrate. I figured I only had about 15 or 20 minutes left and I had to make the most of it. In the distance I thought I heard a woman’s voice. I thought it might be someone from the archaeological complex staff coming to take out the stragglers.

I tried to put my mind at ease. My main question, for the meaning of life, for the crossroads I was going through, in my work, with my partner.  The voice became louder, now I felt that it was several voices talking, approaching me. If I stay in this meditative posture – I thought – and with my eyes closed, they will be quiet out of respect and remain silent.  The doves were no longer cooing. I could only hear voices talking, and footsteps.

Closing my eyelids, I thought hard about my future, about which path to take, and I asked the question in a half-voice, as if to reinforce the consultation, to give it more reality.  The voices were silenced, but the answer did not come. I increased the rhythm and intensity of my breathing, doing the full cycle to get more oxygen to my brain. All I could hear was my breathing.

Suddenly a man’s voice in an incomprehensible language began to speak. I opened my eyes, only to find myself surrounded by about 50 Asian tourists who, squeezing into the small space, were listening to one who was acting as a guide and pointing to different crevices and details in the rock. They were all taking pictures, of the niche, of the pigeons, of me. A slender woman in her 50s sat down next to me and said in stammering English, «excus-mi-foto.» I understood that she wanted me to pose next to her for a photo that a man in a white fedora was already taking. Then she said «thank you» and again «excus-mi-foto» and the man in the fedora sat down this time next to me and she took the picture, but not before making a face at me indicating that she wanted me to smile.

By now I was hesitating between giving vent to the indignation I felt or just getting up and leaving the place. Neither alternative made me feel any better. Some sane voice inside me kept saying, «wait», «calm down», they’ll go away.

I closed my eyes again and stayed like that for a while, trying to tune out the situation and at the same time feeling absurd and ridiculous. I kept my attention on the cooing of a pigeon that was perched on one of the ledges above the niche where I was still sitting. This calmed me down, and after a while I could see that the voices were moving away again, returning towards the entrance of the grotto.

I let a few minutes pass and I put my mind in blank again, asking the oracle to pronounce itself. After a while of silence, I heard clearly, a soft and melodious voice, very faint, but floating and bouncing from every corner of the grotto.  «Signore», it said, «signore» ……» sono i cinque del pomeriggio», it is five o’clock and you have to leave.

I opened my eyes to find a short, thick lady in a gray-blue uniform, a flashlight and a large cell phone. She was standing in front of me in a waiting attitude. I understood from her body posture that she would only be leaving the place behind me, the last of the day’s tourists.

My first reaction was to protest. After all none of this was my fault. A long trip, planned a year in advance, then the hotel in Naples, 2 days of waiting, until Monday which is a day when there are almost no visitors to the complex and the oracle, according to the young lady in the tourism department. And then 2 hours behind a stupid truck carrying steel pipes to who knows where – and then that horde of Chinese, or Japanese or whatever tourists who without any consideration for my meditation took turns to take pictures and with unbelievable impudence told me that I should smile. This is totally unfair.

Suddenly I felt something sliding down my chest, something cold and dark. I put my hand to my shirt, only to find that the pigeon that had calmed me down a few moments ago, now seemed to have passed me the bill and had pooped exactly above where I was standing.

I immediately looked at the wide-hipped woman but she didn’t laugh. She was still standing in front of me, looking strangely like an hourglass, through which time was inexorably ticking. A soft smile chiseled on her face only made me even more uneasy.

I understood that all was lost. There was no point in arguing with this guardian dressed in safari clothes and with key rings on her belt.

I clasped my hands over my head, sighed and bitter tears of frustration already fermented into failure streamed down my face. I no longer cared about anything. Nor had I totally lost my dignity in front of this park ranger, because my dignity had steadily deflated until there was not an ounce of air left in it.

I stood up without even trying to dry my face, and she motioned me towards the entrance, as if to say «this way, if you would be so kind as to follow me». I followed her like an automaton. The anger, the truck, the Chinese tourists and the pigeons were gone. Only a very deep sorrow that forced me to take a deep breath as I walked down the stone corridor towards the entrance. A sorrow without faces, without culprits and without images that became wider and lighter, like a clamor that was filling the place, like a sad melody that repeats to infinity.

When I reached the entrance, I stopped, not daring to look back. Then it was that I felt, very softly, almost imperceptibly, a whisper in my ear in perfect Spanish that said:

«he who dies before he dies, will never die».

I turned my head and stared at the little woman, but her face gave no sign, she was only looking towards the door, and then she tapped her index finger on her watch to tell me that it was already late.

Before I headed for the entrance to the complex, I looked back at her. She was already walking toward a service door, and I’m almost, almost certain I saw her smile.

El Oráculo

Llegué al oráculo a las 16:30. Un letrero a la entrada decía: Horario 9 a 17 horas. Esto me enfureció, aún más. Un camión que portaba cañerías de acero había estado  bloqueando el camino por más de una hora. Ahora tendría apenas unos minutos para consultar. Caminé lo más rápido posible, ya que la solemnidad del lugar y la ocasión no me permitían correr. Atravesé sin detenerme por las ruinas del templo de Júpiter arriba de la colina y luego, siguiendo la señalética, bajé por unas escaleras de piedra hasta llegar a un largo corredor rodeado por altos muros de piedra a ambos lados. Al final del corredor, una gran entrada de piedra en forma trapezoidal marcaba la entrada al recinto. Entré sin siquiera detenerme. El corazón me latía con fuerza, en parte por el esfuerzo, la tensión sostenida durante varias horas de trayecto, y en parte por la expectativa que me había traído hasta aquí.

La gruta me llevaba por un pasadizo central donde cada unos 15 o 20 metros caía un débil rayo de sol, proveniente de tragaluces apostados en el techo, rompiendo ritmicamente la penumbra. Ni siquiera miré los recintos de las vestales ni los pasadizos secundarios. El tiempo apremiaba, sólo quería llegar al antro, al fondo de la gruta.  Al llegar allí me desilusioné de ver que sólo había un pequeño y tosco nicho tallado en la roca, con forma de arco y una superficie plana que servía de asiento.  Me senté en postura de meditación, sintiendo todavía por un rato el pulso en mi pecho y en mi cabeza, matizado por los arrullos de palomas que anidaban por todas partes.

Comencé a aquietar mi mente, buscando encontrar en el silencio las preguntas que traía preparadas. Sin embargo no podía borrar de mi pantalla la imagen del camión, avanzando a 20 km por hora, impidiendo el tráfico. Qué le costaba salirse al lado por unos minutos y dejar pasar a todos los que íbamos atrás?   Intenté concentrarme. Calculé que sólo me quedaban unos 15 o 20 minutos y tenía que aprovecharlos. A lo lejos me pareció oír una voz de mujer. Pensé que sería alguien del personal del complejo arqueológico que venía a sacar a los rezagados.  Intenté poner la mente en blanco. Mi pregunta principal, por el sentido de la vida, por las encrucijadas que estaba atravesando, en mi trabajo, con mi pareja.  La voz se hizo más fuerte, ahora sentía que eran varias voces que conversaban, acercándose a mí. Si me mantengo en esta postura de meditación – pensé – y con los ojos cerrados, ellos por respeto se callarán y seguirán en silencio.  Las palomas ya no arrullaban. Sólo se sentían voces conversando, y pasos.  Apretando los párpados, pensé con fuerza en mi futuro, en qué camino tomar, e hice la pregunta a media voz, como para resforzar la consulta, para darle mas realidad.  Las voces se silenciaron, pero la respuesta no llegaba. Aumenté el ritmo y la intensidad de mi respiración, haciendo el ciclo completo para subir más oxígeno a mi cerebro. Sólo escuchaba mi respiración.

De pronto una voz de hombre en una lengua incomprensible comenzó a hablar. Abrí los ojos, sólo para encontrarme rodeado de unos 50 turistas asiáticos que, apretándose en el pequeño espacio escuchaban a uno que hacía de guía y apuntaba a diferentes hendiduras y detalles en la roca. Todos tomaban fotos, del nicho, de las palomas, de mí. Una mujer delgada  de unos 50 años se sentó al lado mío y me dijo en un inglés balbuceado: “excus-mi-foto”. Entendí que quería que posara junto a ella para una foto que un hombre con un fedora blanco ya estaba tomando. Luego dijo “thank you” y nuevamente “excus-mi-foto” y en hombre del fedora se sentó esta vez a mi lado y ella tomó la foto, no sin antes hacerme una mueca indicando que quería que yo sonriera.

A estas alturas yo ya estaba dudando entre dar rienda suelta a la indignación que sentía o simplemente levantarme e irme del lugar. Ninguna de las alternativas me hacía sentir mejor. Alguna voz cuerda que quedaba en mi interior decía, “espera”, “calma”, ya se irán.  Volví a cerrar los ojos y me quedé así un rato, tratando de desconectar la situación y a la vez sintiéndome absurdo y ridículo. Mantuve la atención sobre el arrullo de una paloma que estaba parapetada en alguna de las cornisas arriba del nicho donde estaba aún sentado. Esto me calmó, y al rato pude comprobar que las voces se iban alejando nuevamente, volviendo hacia la entrada de la gruta.  Dejé pasar unos minutos y puse nuevamente la mente en blanco, pidiendo ya a viva voz, al oráculo que se pronunciara. Luego de un rato de silencio, escuché con claridad, una voz suave y melodiosa, muy tenue, pero que flotaba y rebotaba de cada rincón de la gruta.  “Signore”, decía,  “signore” ……” sono i cinque del pomeriggio”, it is five o´clock and you have to leave.

Abrí los ojos y me encontré una dama gruesa, de baja estatura, uniforme gris-azulado, linterna y un teléfono celular de gran tamaño. Estaba de pie enfrente mío en una actitud de espera. Entendí, por su postura corporal que sólo se iría del lugar detrás de mí, el último de los turistas del día.  Mi primera reacción fue protestar. Después de todo nada de esto fue mi culpa. Un largo viaje, planificado con un año de anticipación, luego el hotel en Nápoles, 2 días de espera, hasta el lunes que es un día en que casi no hay visitas al complejo y al oráculo, según la joven del departamento de turismo. Y luego 2 horas detrás de un estúpido camión que llevaba cañerías de acero quién sabe adónde.- Y luego esa horda de turistas chinos, o japoneses o lo que sea que sin ninguna consideración por mi meditación se turnaban para tomarse fotos y con un descaro increíble me indicaban que debería sonreír. Esto es totalmente injusto.

De pronto sentí que algo resbalaba por mi pecho, algo frio y oscuro. Me llevé la mano a la camisa, sólo para comprobar que la paloma que me había calmado hacía unos momentos, ahora parecía pasarme la cuenta y se había cagado exactamente arriba de donde yo estaba.  Inmediatamente miré a la mujer de caderas anchas pero ella no se rió. Seguía de pie delante mío, pareciéndose extrañamente a un reloj de arena, por el que el tiempo corría inexorablemente. Una sonrisa suave cincelada en su rostro no hacía sino inquietarme aún más.

Comprendí que ya todo estaba perdido. No sacaba nada con discutir con esta guardiana vestida de safari y llaveros al cinto.   Me tomé las manos en la cabeza, suspiré y las amargas lágrimas de una frustración ya fermentada en fracaso corrieron por mi cara. Ya no me importaba nada. Ni tampoco haber perdido totalmente la dignidad delante de esta guardaparques, porque mi dignidad se había desinflado sostenidamente hasta no quedar una onza de aire en ella.

Me levanté sin siquiera intentar secarme la cara, y ella me hizo un ademán hacia la entrada, como diciendo “por aquí, si fuera tan amable de seguirme”. La seguí como un autómata. La rabia, el camión, los turistas chinos y las palomas ya no existían. Sólo una pena muy profunda que me obligaba a respirar hondo mientras caminaba por el pasillo de piedra hacia la entrada. Una pena sin caras, sin culpables y sin imágenes que se fue haciendo cada vez más amplia y liviana, como un clamor que iba llenando el lugar, como una melodía triste que se repite al infinito.

Cuando llegué a la entrada, me detuve, sin atreverme a mirar hacia atrás. Entonces fue que sentí, muy suave, casi imperceptible, un susurro al oído en perfecto castellano que decía:

“el que muere antes de morir, no morirá jamás”.

Volteé la cabeza y miré fijamente a la pequeña mujer, pero su cara no daba ninguna señal, sólo miraba hacia la puerta, y luego dio con su dedo índice unos golpecitos en su reloj para indicarme que ya era tarde.   Antes de dirigirme a la entrada del complejo, la volví a mirar. Ella ya iba caminando hacia una puerta de servicio, y estoy casi, casi seguro que la vi esbozar una sonrisa.

El circo de Patanjali y otras anécdotas

Conocí a Danny en 1974. Recuerdo que pasamos horas sentados en el suelo en el patio de una amiga en San Francisco, conversando en forma aleatoria y desordenada sobre “rarezas”, experiencias fuera de la lógica, cosas así.

En las siguientes 3 décadas nuestra amistad fue floreciendo en múltiples encuentros, ya sea en Madrid, Los Angeles, Santiago, Buenos Aires o Rio de Janeiro, siempre “coincidiendo”, nunca en un esfuerzo intencional de juntarnos. Era una relación “al pasar”, pero a la vez muy cercana, de mucha afinidad y sin proyecto alguno de por medio, más allá de nuestro interés compartido por el Humanismo, la enseñanza de Silo. Y las rarezas.

Entre cafés y caminatas urbanas me fui enterando de su afición por la magia, el cine documental, y especialmente todo aquellos hechos que no tienen aparente explicación. Ahí también, entre cartas y textos compartidos, leí por primera vez estos escritos que él tituló “anécdotas”. Inmediatamente me llamaron la atención y volví a leerlos varias veces con la sensación de que había en estas historias “algo” que no lograba captar o abarcar.

Entonces me surgió el deseo de ilustrar estas historias y se lo hice saber a Danny.

Durante los siguientes 30 años Danny continuó escribiendo y re-escribiendo las Anécdotas, y yo por mi lado estuve un par de décadas haciendo diferentes intentos de ilustraciones que nunca acababan de gustarme.

Finalmente, hace unos meses caí en cuenta que la forma apropiada de ilustrar estas “anécdotas” era obviar a toda costa la parte anecdótica. Las imágenes que pasaban por mi cabeza al leer el texto eran como fotografías de una película. Momentos congelados, cortes temporales de historias que se entrecruzaban de modos extraños y aparentemente imposibles. Se lo comenté a Danny y acordamos avanzar con la publicación del libro. Decidimos trabajar en paralelo, es decir no supeditar la imagen al texto o al revés sino dejar que fluya la imagen como una mirada que mira la mirada del autor, sin censura, sin barreras. Ha sido para mí un trabajo muy motivador ponerme en la frecuencia de estos relatos; me ha ayudado a comprender mejor cómo funcionan las imágenes y cómo estas organizan mi conducta en el mundo.

Si los lectores o lectoras buscan un libro entretenido, de acción o drama en el sentido habitual, dudo que vayan a disfrutarlo mucho. Se podría definir como un “thriller mental”, donde la acción relevante, que lleva las historias está «de la piel hacia adentro», ya sea en las percepciones, en la memoria o en la imaginación, mas aún en la estructuración que hace la conciencia sobre lo percibido, lo recordado o lo imaginado. Estas anécdotas podrían verse como un breve pero contundente ensayo sobre el tema de la ”ilusión”. También podría decirse que estas historias dan cuenta de una aparente “patología conductual”, pero en el sentido amplio no es tal, ya que en gran medida es algo que nos ocurre a diario a los humanos.  Cada relato muestra esa relación de “desencaje” con lo que ocurre externamente, lo que me parece tan actual, tan relevante en un momento en que el mundo se acelera vertiginosamente en una crisis en que todo parece estar “fuera de control”, y sin embargo la dimensión “mental” o interna puede funcionar a su propio modo, dándonos la posibilidad de cambiar nuestra propia visión de lo que ocurre, ganando en opciones y en libertad. Entonces me siento invitado a experimentar, como en el relato del circo, y me digo: si todo es ilusorio, ¿porqué no elegir ilusiones gozosas en vez de las sufrientes?

Por último: un agradecimiento a todas las personas que han aportado voluntariamente su tiempo y trabajo para la ejecución de esta edición: a Fernando Aránguiz y Gloria Trujillo por la traducción al español, a Juan Chambeaux por la revisión de texto; a Roberto Verdecchia por la ayuda con la edición en inglés; a Laura Feldguer por la producción y montaje del libro, y a Josefina Castelos y Carlos Hernández de Leon Alado Ediciones por la publicación y futura distribución de esta edición.

Rafael Edwards

Mujeres de la calle

Revisando fotos de los ultimos años, me quede sorprendido por la fuerza de una presencia femenina mayoritaria en los paisajes urbanos mas diversos.
Me acordé haber escuchado más de alguna vez eso de que “el lugar de la mujer está en la casa”, y no pude evitar reírme por un buen rato.
Este dicho contrastaba con mi percepción de multitudes de vendedoras ambulantes en las calles céntricas de Santiago, La Paz o Quito, los bancos ocupados por mujeres de edad en Madrid, Toledo o Mérida, los cafés callejeros de Buenos Aires repletos de mujeres conversando, etc…

La frase que me vino casi inmediatamente – quizá como síntesis o como paradoja o ambas- fué: “mujeres de la calle”.
Fui a Google y tecleé “mujer de la calle”. Esto fue lo que encontré:
mujer de la calle. o. mujer de la vida. o. mujer pública. Prostituta. 5. Esp. www.diccionarioweb.org

Creo que es hora de cambiar el significado de la frase “Mujer de la calle”.

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Reviewing photos of the last years, I was surprised by the strength of a feminine pressence in the most diverse urban landscapes.
I remembered having heard more than once that cliché that says that «a woman´s place in in the home», and could not help laughing for a while.
This sentence contrasted against my perception of female street vendors crowding the streets of downtown Santiago, La Paz or Quito, older women filling park benches in Madrid, Toledo or Mérida, coffee shops in Buenos aires full of women talking, etc….

The sentence that came almost imediately, maybe as a synthesis or a paradox – or both – was «women of the streets». I googled the sentence and this is what I found:
woman of the street, or woman of the night, public woman, prostitute.

I think it´s about time we change the meaning of that term.