Aniversario / Anniversary

­Aniversario

Mi abuela despertó con dificultad esa mañana. Un fuerte resfrío la había mantenido despierta durante la noche, así es que, a pesar del sol que se filtraba por los postigos y que ya comenzaba a calentar el dormitorio, la abuela decidió permanecer en cama.

Yo estaba jugando en el patio del medio, cuando sentí su voz, pidiéndome una taza de té. Cuando se lo llevé, se incorporó en la cama, apostando las almohadas detrás de su espalda para poder sentarse con mayor comodidad, y comenzó a escobillar sus cabellos grises. De un velador al lado de la cama sacó una toalla pequeña, la untó levemente en una palangana de agua perfumada, se la pasó por la cara y el cuello y la volvió a colocar sobre el velador.

— Quiero estar bonita— me dijo. Hoy es un día especial. Fernando y yo estamos de aniversario.  Me senté a los pies de la cama, ojeando una revista en francés, mientras la abuela saboreaba su té.

— ¿Puedes abrir esos postigos, mi amor? quiero que entre luz.

Afuera todo estaba calmado. A lo lejos se sentía el rumor de la calle, y desde el fondo del jardin, el intermitente arrullo de gallinas y palomas.  Abrí las persianas y volví a sentarme en la cama, y al hacerlo me quedé inmóvil, mirando absorta la perilla de la puerta que giraba lentamente. Este movimiento fue seguido por el de la puerta misma que se abría con un leve crujido. Nadie. Yo continuaba inmóvil, con la vista fija en la perilla de la puerta que ahora volvía girando sobre sí misma a su posición original.

—Ay, no te preocupes, linda, si es Fernando que acaba de entrar. Mi amor, – dijo con suavidad- ¿quieres dejarnos un ratito solos? tenemos mucho que conversar.

Yo me levanté rápidamente, como cohibida ante esta nueva presencia en la pieza, y cuidadosamente, pegada a la muralla, llegué a la puerta y salí.   Casi instintivamente dejé la puerta entreabierta. En ese momento creo que lo hice con la intención de escuchar, pero luego me dió pudor y volví a salir al patio.   Estuve ahí por un largo rato, quizá una hora, jugando con una manguera, viendo como se formaban ríos con las grietas y desniveles entre las baldosas del piso. De tanto en tanto escuchaba la voz de mi abuela, suave, pausada, sin poder distinguir las palabras.

Después de un rato, ya casi todo el patio estaba mojado y no quedaban baldosas secas para hacer nuevos ríos. Fuí a apagar la manguera y en eso sentí que la abuela me llamaba.   Entré a su pieza muy lentamente, en puntillas, fluctuando entre el temor y la curiosidad.   La abuela estaba sentada exactamente como la dejé, con una sonrisa que mostraba sus dientes blancos y le arrugaba toda la cara.

—Acércate— me dijo.

Me fui a sentar a su lado, sin atinar a hablar. ¿Ya se fué? pregunté finalmente, con una voz que yo misma casi no oí.

—¿Sabes qué? me dijo— Fernando estaba tan cariñoso que hasta me quitó el resfrío. Mira— y respiró profundamente por la nariz. —Es un hombre muy dulce, lástima que no lo hayas conocido.   La abuela estiró su mano hacia un ropero que había al otro lado de la cama.

—Ahí—dijo—en el segundo cajón. Hay un libro con tapa de cuero….tráelo para acá.   Le pasé el libro, y de entre sus páginas sacó una vieja foto color sepia.

—Este es Fernando, tu abuelo.

En la foto estaban la abuela y el abuelo, los dos de pie, enfrente de una casa de campo, de esas que tienen una escalera que lleva a una terraza cubierta, donde está la entrada de la casa.  La abuela se veía bastante más joven que ahora. Su pelo todavía no tenía canas, y tenía puesto un vestido color oscuro.   El abuelo, delgado, un poquito más alto que la abuela, vestido con un terno formal, muy derechito y serio.

Me quedé mirando la foto por un largo rato, tratando de calzar la imagen de ese hombre menudo de nariz aguileña, con la presencia que había recién salido de la pieza. No lograba integrar las dos cosas en mi cabeza, pero seguía sin apartar los ojos de la foto. Después de un rato, sin saber más qué hacer, devolví la foto al libro, y estaba a punto de cerrarlo, cuando vi, con toda claridad que el abuelo en la foto me hacía un guiño. Miré inmediatamente a la abuela, pero ella estaba levantándose, buscando su bata, y no había visto nada. Volví a mirar la foto, y estaba igual que antes, simplemente una foto vieja, como si nada hubiera sucedido.

Cerré el libro. Salí con la abuela de la pieza y no hablé en todo el día.

Anniversary (an almost true story)

My grandmother awoke with difficulty that morning. A bad cold had kept her awake during the night, so despite the sun filtering through the shutters and already beginning to warm the bedroom, Grandma decided to stay in bed.

I was playing in the middle yard, when I heard her voice, asking for a cup of tea. When I brought it to her, she sat up in bed, propping the pillows behind her back so she could sit more comfortably, and began to brush her long gray hair. From a nightstand beside the bed she took a small towel, lightly dipped it in a basin of scented water, ran it over her face and neck, and put it back on the nightstand.

– I want to look pretty,» she said. Today is a special day. Fernando and I are celebrating our anniversary.

I sat at the foot of the bed, leafing through a French magazine, while Grandma sipped her tea.

– Can you open those shutters, my love, I want to let some light in.

Outside everything was quiet. In the distance I could hear the murmur of the street, and from the back of the garden, the intermittent cooing of chickens and pigeons.   I opened the blinds and sat back down on the bed, and as I did so I stood still, staring absorbedly at the slowly turning doorknob. This movement was followed by the door itself opening with a slight creak. No one there. I remained motionless, my eyes fixed on the door knob, which was now turning back on itself to its original position.

-Oh, don’t worry, honey, it’s Fernando who just walked in. My love, «she said softly», do you want to leave us alone for a little while, we have a lot to talk about.

I got up quickly, as if self-conscious of this new presence in the room, and carefully, sticking to the wall, I reached the door and went out.   Almost instinctively I left the door ajar. At the time I think I did it with the intention of listening, but then I felt embarrassed and went back out into the courtyard.   I was there for a long time, maybe an hour, playing with a hose, watching how rivers formed with the cracks and unevenness between the floor tiles. From time to time I heard my grandmother’s voice, soft, slow, without being able to distinguish the words.

After a while, most of the yard was wet and there were no dry tiles left to make new rivers. I went to turn off the hose and at that moment I felt grandma calling me.  I entered her room very slowly, on tiptoe, fluctuating between fear and curiosity.   Grandma was sitting exactly as I left her, with a smile that showed her white teeth and wrinkled her whole face.

-Come closer,» she said.

I went to sit next to her, unable to speak. Did he leave already? I asked finally, in a voice I almost didn’t hear myself.

-You know what, she said, Fernando was so affectionate that he even took away my cold. Look!  and she took a deep breath through her nose. -He’s a very sweet man, too bad you never met him.

Grandma stretched out her hand toward a closet on the other side of the bed.

-There, she said, in the second drawer. There’s a book with a leather cover…. bring it over here.

I handed her the book, and from between its pages she pulled out an old sepia-colored photo.

-This is Fernando, your grandfather.

In the photo were grandmother and grandfather, both standing in front of a country house, one of those with a staircase leading to a covered terrace, where the entrance to the house is.   Grandma looked much younger than she does now. Her hair was not yet gray, and she was wearing a dark-colored dress.  Grandpa, thin, a little taller than Grandma, dressed in a formal suit, very straight and serious.  I stared at the photo for a long time, trying to fit the image of that small man with the hooked nose, with the presence that had just left the room. I could not integrate the two things in my head, but I still could not take my eyes off the photo. After a while, not knowing what to do next, I put the photo back in the book, and was about to close it, when I saw, quite clearly, that the grandfather in the photo was winking at me. I immediately looked at Grandma, but she was getting up, looking for her robe, and had seen nothing. I looked at the photo again, and it was the same as before, just an old photo, as if nothing had happened.

I closed the book. I left the room with grandma and didn’t speak all day.

 

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