El Oráculo

Llegué al oráculo a las 16:30. Un letrero a la entrada decía: Horario 9 a 17 horas. Esto me enfureció, aún más. Un camión que portaba cañerías de acero había estado  bloqueando el camino por más de una hora. Ahora tendría apenas unos minutos para consultar. Caminé lo más rápido posible, ya que la solemnidad del lugar y la ocasión no me permitían correr. Atravesé sin detenerme por las ruinas del templo de Júpiter arriba de la colina y luego, siguiendo la señalética, bajé por unas escaleras de piedra hasta llegar a un largo corredor rodeado por altos muros de piedra a ambos lados. Al final del corredor, una gran entrada de piedra en forma trapezoidal marcaba la entrada al recinto. Entré sin siquiera detenerme. El corazón me latía con fuerza, en parte por el esfuerzo, la tensión sostenida durante varias horas de trayecto, y en parte por la expectativa que me había traído hasta aquí.

La gruta me llevaba por un pasadizo central donde cada unos 15 o 20 metros caía un débil rayo de sol, proveniente de tragaluces apostados en el techo, rompiendo ritmicamente la penumbra. Ni siquiera miré los recintos de las vestales ni los pasadizos secundarios. El tiempo apremiaba, sólo quería llegar al antro, al fondo de la gruta.  Al llegar allí me desilusioné de ver que sólo había un pequeño y tosco nicho tallado en la roca, con forma de arco y una superficie plana que servía de asiento.  Me senté en postura de meditación, sintiendo todavía por un rato el pulso en mi pecho y en mi cabeza, matizado por los arrullos de palomas que anidaban por todas partes.

Comencé a aquietar mi mente, buscando encontrar en el silencio las preguntas que traía preparadas. Sin embargo no podía borrar de mi pantalla la imagen del camión, avanzando a 20 km por hora, impidiendo el tráfico. Qué le costaba salirse al lado por unos minutos y dejar pasar a todos los que íbamos atrás?   Intenté concentrarme. Calculé que sólo me quedaban unos 15 o 20 minutos y tenía que aprovecharlos. A lo lejos me pareció oír una voz de mujer. Pensé que sería alguien del personal del complejo arqueológico que venía a sacar a los rezagados.  Intenté poner la mente en blanco. Mi pregunta principal, por el sentido de la vida, por las encrucijadas que estaba atravesando, en mi trabajo, con mi pareja.  La voz se hizo más fuerte, ahora sentía que eran varias voces que conversaban, acercándose a mí. Si me mantengo en esta postura de meditación – pensé – y con los ojos cerrados, ellos por respeto se callarán y seguirán en silencio.  Las palomas ya no arrullaban. Sólo se sentían voces conversando, y pasos.  Apretando los párpados, pensé con fuerza en mi futuro, en qué camino tomar, e hice la pregunta a media voz, como para resforzar la consulta, para darle mas realidad.  Las voces se silenciaron, pero la respuesta no llegaba. Aumenté el ritmo y la intensidad de mi respiración, haciendo el ciclo completo para subir más oxígeno a mi cerebro. Sólo escuchaba mi respiración.

De pronto una voz de hombre en una lengua incomprensible comenzó a hablar. Abrí los ojos, sólo para encontrarme rodeado de unos 50 turistas asiáticos que, apretándose en el pequeño espacio escuchaban a uno que hacía de guía y apuntaba a diferentes hendiduras y detalles en la roca. Todos tomaban fotos, del nicho, de las palomas, de mí. Una mujer delgada  de unos 50 años se sentó al lado mío y me dijo en un inglés balbuceado: “excus-mi-foto”. Entendí que quería que posara junto a ella para una foto que un hombre con un fedora blanco ya estaba tomando. Luego dijo “thank you” y nuevamente “excus-mi-foto” y en hombre del fedora se sentó esta vez a mi lado y ella tomó la foto, no sin antes hacerme una mueca indicando que quería que yo sonriera.

A estas alturas yo ya estaba dudando entre dar rienda suelta a la indignación que sentía o simplemente levantarme e irme del lugar. Ninguna de las alternativas me hacía sentir mejor. Alguna voz cuerda que quedaba en mi interior decía, “espera”, “calma”, ya se irán.  Volví a cerrar los ojos y me quedé así un rato, tratando de desconectar la situación y a la vez sintiéndome absurdo y ridículo. Mantuve la atención sobre el arrullo de una paloma que estaba parapetada en alguna de las cornisas arriba del nicho donde estaba aún sentado. Esto me calmó, y al rato pude comprobar que las voces se iban alejando nuevamente, volviendo hacia la entrada de la gruta.  Dejé pasar unos minutos y puse nuevamente la mente en blanco, pidiendo ya a viva voz, al oráculo que se pronunciara. Luego de un rato de silencio, escuché con claridad, una voz suave y melodiosa, muy tenue, pero que flotaba y rebotaba de cada rincón de la gruta.  “Signore”, decía,  “signore” ……” sono i cinque del pomeriggio”, it is five o´clock and you have to leave.

Abrí los ojos y me encontré una dama gruesa, de baja estatura, uniforme gris-azulado, linterna y un teléfono celular de gran tamaño. Estaba de pie enfrente mío en una actitud de espera. Entendí, por su postura corporal que sólo se iría del lugar detrás de mí, el último de los turistas del día.  Mi primera reacción fue protestar. Después de todo nada de esto fue mi culpa. Un largo viaje, planificado con un año de anticipación, luego el hotel en Nápoles, 2 días de espera, hasta el lunes que es un día en que casi no hay visitas al complejo y al oráculo, según la joven del departamento de turismo. Y luego 2 horas detrás de un estúpido camión que llevaba cañerías de acero quién sabe adónde.- Y luego esa horda de turistas chinos, o japoneses o lo que sea que sin ninguna consideración por mi meditación se turnaban para tomarse fotos y con un descaro increíble me indicaban que debería sonreír. Esto es totalmente injusto.

De pronto sentí que algo resbalaba por mi pecho, algo frio y oscuro. Me llevé la mano a la camisa, sólo para comprobar que la paloma que me había calmado hacía unos momentos, ahora parecía pasarme la cuenta y se había cagado exactamente arriba de donde yo estaba.  Inmediatamente miré a la mujer de caderas anchas pero ella no se rió. Seguía de pie delante mío, pareciéndose extrañamente a un reloj de arena, por el que el tiempo corría inexorablemente. Una sonrisa suave cincelada en su rostro no hacía sino inquietarme aún más.

Comprendí que ya todo estaba perdido. No sacaba nada con discutir con esta guardiana vestida de safari y llaveros al cinto.   Me tomé las manos en la cabeza, suspiré y las amargas lágrimas de una frustración ya fermentada en fracaso corrieron por mi cara. Ya no me importaba nada. Ni tampoco haber perdido totalmente la dignidad delante de esta guardaparques, porque mi dignidad se había desinflado sostenidamente hasta no quedar una onza de aire en ella.

Me levanté sin siquiera intentar secarme la cara, y ella me hizo un ademán hacia la entrada, como diciendo “por aquí, si fuera tan amable de seguirme”. La seguí como un autómata. La rabia, el camión, los turistas chinos y las palomas ya no existían. Sólo una pena muy profunda que me obligaba a respirar hondo mientras caminaba por el pasillo de piedra hacia la entrada. Una pena sin caras, sin culpables y sin imágenes que se fue haciendo cada vez más amplia y liviana, como un clamor que iba llenando el lugar, como una melodía triste que se repite al infinito.

Cuando llegué a la entrada, me detuve, sin atreverme a mirar hacia atrás. Entonces fue que sentí, muy suave, casi imperceptible, un susurro al oído en perfecto castellano que decía:

“el que muere antes de morir, no morirá jamás”.

Volteé la cabeza y miré fijamente a la pequeña mujer, pero su cara no daba ninguna señal, sólo miraba hacia la puerta, y luego dio con su dedo índice unos golpecitos en su reloj para indicarme que ya era tarde.   Antes de dirigirme a la entrada del complejo, la volví a mirar. Ella ya iba caminando hacia una puerta de servicio, y estoy casi, casi seguro que la vi esbozar una sonrisa.